#24meses24familias El apego seguro me cambió como padre

El año va llegando a su fin… pero aquí seguimos con esta aventura de compartir sentires y vivencias de diferentes familias. Como ya sabéis este año además de amatxus también hay textos de aitatxus. Hoy os traigo a Pablo, otra de esas personas que los talleres en Kaboo trajo a mi vida. Recuerdo su cara en varios momentos de mis charlas, era una mezcla de “esta tia está flipada” y “joder cuánta razón tiene” jejejejeje. Para mi ha sido un lujazo poder acompañarles en esta aventura de ser familia. Pablo y Judith son de esas personas que cuando las veo pienso “qué afortunado es Unai de tener un aita y una amatxu así”. Lo que más me ha gustado de este texto es la capacidad de Pablo para no enjuiciar lo que hicieron con él y al mismo tiempo ser capaz de ver sus sombras y obrar en consecuencia para poner algo de luz e iluminar el camino de su txiki. GRACIAS, GRACIAS y mil GRACIAS por ser capaz de ver más allá de lo que hace la mayoría y no sólo eso sino que optar por salirse del rebaño haya sido vuestra opción. Os deseo lo mejor familia, y que yo lo vea. Un gustazo compartir camino. 🙂

Antes de que naciera Unai, yo nunca había cogido un/a bebé. Nunca había sentido el impulso de acercarme al mundo de les niñes, y menos aún de les recién nacides. Nunca me había parado a pensar en cómo influimos las personas adultas en la visión del mundo que está formando alguien que aún no conoce dicho mundo. Nunca me había visualizado a mí mismo como padre, no sabía qué cojones iba a pasar y, a medida que la tripa de mi pareja crecía, este pensamiento se repetía en voz cada vez más alta.

Mi hijo nació y, armado con toda la alegría que pude, no tuve más remedio que enfrentarme a estos miedos y ponerle su primer pañal del revés, poniendo cara de que todo estaba controlado.

Ahora que Unai tiene un año y medio, y puedo ver esa etapa con un poco más de distancia, me doy cuenta de que algunos de mis temores eran debidos a mi falta de experiencia en el terreno de la paternidad, pero había algo que me agobiaba aún más y que en ese momento no supe identificar. Me refiero a la falta de experiencia en el terreno emocional.

Creo que muchas personas de mi generación sufrimos un poco de analfabetismo emocional, que es una herencia que tenemos que luchar por erradicar por el bien de les peques. Sobre todo los maromos a los que la sociedad nos exige ser duros y no pensar en cosas que nos hagan daño en el corazoncito…así tenemos la sociedad que tenemos…

El nacimiento de mi hijo me puso delante de un espejo que me hacía plantearme cosas que nunca me había planteado. Como digo, nunca antes había sentido interés por la crianza, lo que a su vez hacía que no me hubiera parado a pensar en la mía propia. ¿Cómo lo hicieron mi madre y mi padre conmigo? ¿Vi a Espinete demasiadas horas mientras comía demasiadas palmeras de chocolate?…Supongo que mi madre no leería ni se informaría tanto como hacemos nosotres (mi padre seguro que no) ¿Lo hicieron peor entonces?

Está claro que la gran mayoría de nuestra familia nos quería y nos dieron amor de la forma que supieron, de la forma que entonces se hacía. Sería injusto decir que no lo hicieron bien. La vida y la sociedad evolucionan, y no se puede culpar a las generaciones anteriores desde nuestra perspectiva actual.

Nuestra generación cada vez conoce más, hay más información al alcance de quien la quiera utilizar. Tenemos más herramientas para ser “buenos padres” y más látigos con los que podernos fustigar. Nos esforzamos, nos exigimos, tratamos de alcanzar la perfección y a veces nos frustramos. Hay demasiado ruido que nos impide escuchar a les peques de la casa, es más importante la situación laboral, su conciliación, aspectos domésticos, sociedad que nos presiona, familia y amistades que nos juzgan…

Sobre muchos de estos factores externos, en ocasiones tenemos una capacidad de actuación muy reducida. Pero sea cual sea la cantidad de tiempo que podamos pasar con les peques, mi consejo es que carguemos cada momento con la mayor cantidad de contacto posible.

Hay una cosa en la que creo que es crucial que sigamos avanzando. La falta de experiencia en el terreno emocional de muchas y, sobre todo, muchos de nosotros, se fragua en una sociedad que no escuchaba a sus niñes. No se preocupaba por lo que opinaran o sintieran en la mayoría de casos. Creo que es ahí donde de verdad debemos esforzarnos como padres y madres.

En este aspecto, creo que he encontrado un concepto que me ayuda a trabajar en esa dirección y hace que viva una paternidad mucho más feliz. Cada día veo reflejado en mi hijo lo bien que funciona. El apego seguro. Nunca me había parado a pensar en esa palabra. Creo que mi madre y mi padre tampoco. Eso no quiere decir que yo no tuviera afecto de txiki, pero sinceramente creo que nuestra sociedad no valora suficientemente esta palabra, a la que habría que ponerle un monumento en cada plaza.

En mi caso, cada vez que recuerdo mi infancia y la de mis hermanas viendo fotos, me siento feliz por haber podido criar a mi hijo viéndole dormir a centímetros de mi cara gracias al colecho y sentir como se sincronizan nuestras respiraciones hasta que se duerme en la mochila de porteo. Vaya por delante que la opción cuna y carro están bien siempre y cuando tanto los niños y niñas como los padres y madres se sientan a gusto con ello. A lo que me refiero es a que no hace tantos años que sólo existía una opción.

Ahora que Unai acaba de cumplir un año y medio y sus destrezas para desplazarse, correr y escalar crecen por segundos, me pregunto cómo podían usar con nosotres aquellos parques/jaulas que reducían nuestro movimiento al de una vaca en un corral. Espero de verdad que sigamos evolucionando hasta que nuestros errores retumben también en la visión de la sociedad de dentro de unos años. Espero que aprendamos a ver el placer de leer un cuento con nuestres hijes en el regazo en vez de ponerles una pantalla para que no nos den la turra.

Por último, hay una foto que quiero compartir con vosotros y vosotras, ya que me parece que ilustra a la perfección todo lo que os acabo de contar. Se me puede ver a mí, recién nacido junto con otres bebés separades de sus madres. En un momento tan crucial, en el que el vínculo es de tanta importancia y nos sentimos tan indefensos, la costumbre era impedir el tan necesario primer momento madre/bebé para poder priorizar cosas tan poco importantes como lavarnos, pesarnos o simplemente almacenarnos.
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Disfrutemos del apego seguro y de aprender a gestionar toda la carga emocional con nuestros hijos e hijas, porque es la mejor inversión a la que podemos hacer frente.

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