#24meses24familias

Seguimos con este #24meses24familias. Este mes vuelvo a traeros a un aita que conocí en uno de los cursos de masaje infantil que impartí y que me emocionó con sus palabras al leerle en este post de su web: https://educacion-familiar.com/2018/11/06/permiso-bebe-crianza-respetuosa/

Este aita se llama Gorka, y de lo poco que le conozco puedo decir que es un tio muy potente con un nivel de reflexión y revisión interna que me flipa a la par que me encanta. Cuando imparto un curso y “al otro lado” me encuentro con personas como Gorka que no sólo disfrutan de mi trabajo sino que se llevan lo aprendido a su día a día mola, mola mucho. Aprovecho también para dedicarl unas palabras a Mariña, su pareja una amatxu muy conectada con su bebé, esas que da gusto ver porque al mirarles la oxitocina fuluye a raudales. Eskerrik asko familia por lanzaros a criar de una manera consciente y sobretodo por disfrutar de cada paso. Os dejo con las letras de Gorka y so invito a trastear por https://educacion-familiar.com/

Hace un par de semanas estuve con ansiedad.

Sentía dentro de mi pecho una pelota caliente. Me la imaginaba amarilla y palpitante. A veces crecía, se irradiaba hacia mi espalda y me tensaba la frente, y a veces decrecía y pasaba un poco desapercibida; pero siempre estaba ahí, recordándome con insistencia que me encontraba mal.

Esa “pelota” empezaba a pasarme factura en el trabajo y con mi familia. En el curro, porque me estaba colocando a la defensiva, dificultándome sentir y prestar atención al sufrimiento de la gente; y en casa, porque cualquier tipo de interacción con mi hija se me estaba haciendo cuesta arriba.

Para que nos entendamos. Pelota Palpitante —así la llamaré— me recordaba todo el maldito tiempo que mi hija era demasiada carga para mí; que yo no estaba preparado para hacerle “sentir sentida”; y que no podía acompañarla como ella se merecía.

Esto activaba más si cabe la culpa, y el esfuerzo por hacer las cosas bien, y con eso, la sensación en mi pecho se hacía más grande.

A pesar de mi formación y experiencia en “el manejo de las pelotas” —vaya, me ha salido así—, la sensación era tan intensa que había activado “aparentes soluciones”, que sólo empeoraban la situación.

Traté de esforzarme por hacer las cosas bien, pero eso me hacía sentir peor padre y más alejado de mi hija.

Traté de no prestarle atención y centrarme en otras cosas, pero eso sólo mitigaba un poco la sensación en el momento, pero al rato volvía con más fuerza.

Traté de evadirme, tomarme más tiempo para mí, pero eso me llevaba a sentirme si cabe más culpable porque sentía que estaba abandonando a mí familia.

Todo lo que intentaba… mierda. Empeoraba las cosas.

Llegué a pensar en consultar a mi médico de cabecera, pidiéndole una medicación que me ayudara a sentirme mejor y más a gusto conmigo mismo.

Ya sabéis, las drogas son siempre una solución desesperada.

Pero entonces, tuve la suerte de que una familia me canceló una visita. Y yo me encontré ahí tirado, en medio del campo, en el coche del trabajo; con una hora tonta por delante.

Bendita hora.

Porque pude salirme de mis soluciones programadas, y hacer un poco de caso a lo que dice mi terapeuta: oye tú, acuérdate que, para sanar, hay que prestar atención a esa herida.

Así que me puse a meditar, rollo mindfulness, prestando atención a la respiración y luego a esa sensación en el pecho. Vaya la verdad por delante: sin ninguna esperanza de que las cosas fueran a mejorar.

Me dejé llevar… Uno, dos, tres… y así, unos veinte minutos. La sensación del pecho palpitaba, iba y venía, y a ratos se hacía tan grande y potente que amenazaba con desgarrarme por dentro. Cuando se hacía tan amenazante, volvía a prestar atención a la respiración, y así lograba autorregularme. Menuda batalla.

No fue agradable. Fue doloroso.

Pero tras 20 minutos mi mente se situó espontáneamente en el pasado. En un momento que a mi cerebro adulto le parecía intrascendente: cuando, siendo yo un niño, mis padres me obligaban a ir a misa los domingos.

¿De verdad era esa tontería?

Dejé a la mente estar ahí, recordar, y dar a los recuerdos toda la importancia y carga emocional que merecían. Y era verdad, para el niño que fui, y que sigue dentro del adulto que soy, esas cosas tuvieron mucha importancia.

[…] Permitidme que no me explaye más sobre mi historia pasada, pero ello implicaría a terceros cuya intimidad quiero respetar. […]

Marché a la siguiente visita. Y al regresar a mi casa me sorprendí al descubrir que Dña. Pelota Palpitante ya no estaba.

—No puede ser. Mira más al fondo —me dije.

Pero no. No había nada.

¿De verdad? ¿Seguro?

Más calmado, y empezando a confiar en que lo había logrado, seguí pensando sobre ello. Y empecé a construir un relato muy triste en el que Amara —mi hija de un año recién cumplido— había estado ocupando el lugar de una pesada carga. Pero también esperanzador porque yo, su padre, había conseguido cuidar y apaciguar al monstruo, y ello nos anticipaba una vida más conectada y llena de esperanza.

Aquel día sentí muchos más deseos de pasar tiempo con ella. Y al estar conmigo, muy cerquita, le susurré que lo sentía mucho, que había estado sobrepasado y que no había sabido gestionar mis propios sentimientos.

Y se me saltó una lagrimita.

Aquel día Amara pasó mucho más tiempo cerca de mí, buscando caricias, sostén y contacto físico. Y en un momento en que se asustó, se quedó colgada de mí casi diez minutos. Gustazo que se me ha quedado grabado en el cuerpo.

Sé que es una tontería decirlo. Qué no es racional y que parece estúpido. Pero quiero aquí, delante de todo el mundo, darle las gracias de corazón por haberme perdonado.

Te quiero, petardilla.

Gorka

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