#24meses24familias Mi buena suerte

Mes de febrero… y continúamos con esta aventura de abrir el blog a diferentes familias para que puedan contar su vivencia de esto de ser familia.

Hoy os traigo a Virginia, una amatxu que llegó a mí a través de los cursos de masaje infantil de Kaboo. Desde la primera sesión del curso pude disfrutar de su amor por su txiki Aimar. Ver su cara cuando le hacía el masaje, esa conexión entre ambos era brutal. Sin duda alguna para mí ver amatxus tan conectadas con su cría como ella mola, mola mucho. Con el tiempo hemos ido coincidiendo en encuentros fugaces por la calle y siempre que la he visto estaba con su sonrisa de oreja a oreja y con Aimar cada día más mayor, obvio…jejejeje. Verla cómo disfruta de esta aventura de la maternidad es un lujazo, lo cuál no quiere decir que no haya momentos complicados… pero bueno os dejo con ella que es quien mejor os lo va a explicar. Eskerrik asko Virginia por formar parte de Ene amatxo. 🙂

Mi historia de maternidad no tiene nada de excepcional. Un embarazo normal, un parto en hospital rápido y sin complicaciones, una lactancia sin problemas….  Soy una amatxu muy normalita, que va viviendo la vida con su pequeño aprendiendo poco a poco, y muchas veces de sopetón, en qué consiste esto de la crianza. Vamos, como cualquier otra amatxu.

Así que cuando Eneritz me invita a escribir sobre ello, al principio se me hace un poco raro (y yo, ¿de qué hablo?), aunque también me hace ilusión ser una de las elegidas. Y cojo el boli y dejo que vayan saliendo las palabras mientras pienso en Aimar y en lo que ha traído a mi vida. Y ¡oye!, de repente un montón de ideas se pelean por salir y quedar plasmadas en el papel. Como si llevaran mucho tiempo escondidas y quisieran decirme: “¡Virginia, a ver si te enteras de todo lo que está pasando mientras cuidas de esta nueva vida!.

Aimar llegó hace ya dos años, y sin darme mucha cuenta, poquito a poquito, me ha ido entregando los mejores regalos que podría desear. Cuando él nació, nacieron a su vez en mí un nuevo cerebro y un nuevo corazón, desde entonces, pienso y siento diferente. El castillo de naipes que era mi vida se ha ido deshaciendo poco a poco y estamos construyendo otro mucho más firme y bonito los dos juntos (bueno con ayuda de aitatxo y del resto de la familia también).

Aimar me ha regalado CONFIANZA por partida doble. Me ha enseñado a confiar en mí (esa sensación de… ¡Anda!, ¡Pues lo estoy haciendo bien!, o por lo menos no muy mal. El txiki parece que va saliendo adelante a pesar del miedo/pánico inicial y del desconocimiento). Y sobre todo, me ha enseñado a confiar en él y en la Madre Naturaleza. Él solito dio la vuelta en el suelo, él se empezó a arrastrar, él se sentó, se levantó y empezó a andar. Con sus pequeñas manos se llevó la comida a su boca y la comió. Habla como una cotorra, corre, sube, baja, coge palos, juega solo, se acerca a otros niños…No ha necesitado, ni necesita, nada más que tiempo y que le acompañemos con nuestra presencia para ir creciendo como persona. Sí que es sabia la Naturaleza, sí.

TIEMPO, otro regalo, gran regalo, que me ha hecho Aimar. No recuerdo haber parado de estudiar/trabajar desde… nunca. Y de repente llega este pequeño y algo dentro de mí me dice que hay que parar, que hay que estar con y para él, que él lo necesita, que los dos lo necesitamos. Entonces cojo una excedencia laboral y me dedico a acompañarle en esta etapa. Es cierto que es un trabajo muy duro y apenas me deja tiempo para mí, pero a la vez, me “obliga “a pasar tiempo descubriéndome a mí misma (desde mis bajos fondos hasta mis grandes virtudes) y al entorno que me rodea. Y es que el ritmo cambia. Si le sigo yo a él y no tenemos la necesidad de que me siga él a mí, tenemos tiempo para mirar lo que nos rodea, pasear por calles nuevas, observar el cielo, la tierra, los animales, las tiendas, la gente… en definitiva ser más conscientes del momento y disfrutarlo.

Y en muchos momentos de siesta, cuando no me gana el sueño, tengo tiempo para reflexionar sobre todo esto que estoy viviendo y sonreírme a mí misma por lo feliz y plena que me siento.

Un regalo más que me ha traído Aimar son PERSONAS, nuevas personas en mi día a día que me hubiera perdido de no ser por él. A algunas no las conoceré nunca, pero sus libros, blogs, sabiduría… me están ayudando muchísimo en esta aventura (Carlos González, Alvaro Bilbao, Rosa Jové, Julio Basulto, Alba Padró, EneAmatxo –a esta algo la conozco…, y muchos más). A otros los veo casi todos los días, son amas y aitas de otros niños y niñas que comparten tiempo y espacio con Aimar. Y yo comparto con ellos esta experiencia de maternidad. A veces nuestras ideas están en las antípodas, otras coincidimos totalmente, pero lo más importante para mí y lo que más me ayuda es darme cuenta de que todos lo hacemos lo mejor que podemos, con lo que sabemos en cada momento y sobre todo queremos lo mejor para los nuestros, solo por eso todos nos merecemos el mayor de los respetos. Cuidar un hijo no es nada fácil, los padres, al igual que los niños, necesitamos más apoyo, más ayuda y menos juicios.

Claro que hay momentos duros, durísimos, soledad, agotamiento, sueño, mucho sueño, llorar y llorar, querer gritar y no poder, dudas, miedos, incomprensión, cuestionamientos… Todo eso está ahí, no hay que esconderlo ni negarlo. Hay que compartirlo también para que así no nos ahogue, para que duela menos y nos ayude a ver que también forma parte de nuestro crecimiento como padres y como personas.

Además se pasa, todo eso se pasa. Luego regresa, pero se vuelve a pasar. Y para mí también ha sido un regalo de Aimar o así lo concibo desde la distancia.

Seguro que hay más regalos escondidos que aún no he encontrado, pero bueno… ya irán apareciendo. De momento Aimar me lo está revolviendo todo para ponerlo en su sitio, para ayudarme a organizar las prioridades, mis valores, para hacerme más fuerte, más guapa, más segura, mejor persona y tremendamente feliz. Aimar es sin duda MI BUENA SUERTE.
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