#12meses12madres La maternidad sin tribu

Tercer mes del año y aquí vuelvo con otra mujer increíble de la cuál estoy orgullosisima de tenerla como comadre. Ella es Shirley, una mujer que tiene un corazón que no le cabe en el pecho. Shir es energía, vitalidad, optimismo, entusiasmo, también es pureza porque todo lo que hace le sale de dentro, las falsedades y quedar bien no es lo suyo. Para mí es una mujer MÁGICA tiene el don de hacerte sentirte bien con sus palabras y su DULCE voz. Ella es MADRE, y pensar en ella es pensar también en SAUL (otro que está lleno de magia😍😍😍) Su disposición para echarte una mano, para escucharte, sostenerte y cagarse en toda la mierda de este mundo si hace falta es lo que me tiene enamorada de ella. 😊 Además de ser mi comadre, Shir es compañera de formación, he tenido el placer de compartir con ella Asesoras Continuum. Si no conoces su proyecto Topatopa no se aqué esperas. Pincha aquí. Os dejo con su relato, sin duda es una vivencia dura, pero como siempre ella es capaz de darle la vuelta y sacar lo bello decada cosa. GRACIAS SHIR por tanto… ¡TE QUIERO AMIGA!

Este es el cuento de cualquier mujer del mundo…

Hace muchos años, una mujer decidió mudarse a un lugarcito en el mundo, mágico en sí mismo, pero lejos, muy lejos. Al llegar, conoció al hombre quien más tarde sería su pareja.

Un día, soñaron con tener bebés, muchos bebés, algunos bebés, bueno quizás un solo bebé, un bebé sano y perfecto.

Ella, quien pasaba los días mayoritariamente sola, sentía vida en su vientre. Iba a las consultas médicas sin compañía la mayoría de las veces, empezó a preparar su maternidad por su propia cuenta hasta que llegó el regalo de la compañía de su madre. Su madre, quien había viajado miles de kilómetros para no perderse los primeros momentos de quien sería su nuevo gran amor, su nieto.

Así pues, pasaron 39 semanas y 5 días cuando esta mujer deseaba que su vientre dejara de ser casa y fuesen sus brazos los que hicieran de cobijo, llegó él. Así, entre baños y pelotas se convirtieron en dos.

Dos días fueron los que tardaron en llegar a casa después de las primeras dos noches. Su madre le decía que durmiera, que mientras ella descansaba, consolaría al bebé recién parido con su arrullo y fue ahí donde esta mujer, que apenas hacía dos días que tenía un bebé en brazos, se preguntó: “¿Qué haré cuando se vaya mi madre?”

Su madre, su brazo derecho, su cocinera, su limpiadora, su ordenadora, su consoladora, su “espera que te busco el cojín”, su “tranquila, tu quédate tranquila dándole la teta que yo hago lo demás” se convirtió una vez más en su heroína. Pudo enfocar sus energías a lo único que quería, que era mantener a su hijo con vida, porque de eso se trata al principio.

La casa nunca se le llenó de gente. No había decenas de personas visitando a la recién estrenada familia. Algunas veces cuando alguien iba a visitarles, ella solo podía saludar y volver a la cama, donde se sentía más cómoda dando la teta. “Mejor no le des teta en la cama, que así le acostumbras mal” fue uno de los primeros consejos que escuchó.

De repente sintió la necesidad de hablar con otras madres, con madres que estuvieran pasando por lo mismo que ella: teta infinita, horas y horas despierta, responsabilidad, desconcierto, poder, fuerza, amor… se preguntaba si otras madres se sentían como se sentía ella, sintiéndose acompañada por su madre y nadie más.

Pasaban los días y sabía que quedaba menos para el terrible momento; su madre volvería a su casa a miles de kilómetros de distancia.

Al llegar el momento, la primera mañana solos, lo único que hacía ella llorar. Llorar y llorar, preguntarse cómo sería capaz de criar a su peque, ocuparse de todo dentro de casa y volver a trabajar. ¿Cómo?

Lo hizo, lo hizo y se hace, miles de mujeres en el mundo lo hacen, crían, sobreviven el día a día sin contar con casi nadie, ni de día ni de noche. Lo hacía cada día, sentía que cada momento logrado era un éxito, que cada vez era más sencillo. Ese primer año, arrulló en brazos y telas a su peque, ese primer año donde la teta era infinita,  la soledad también.

Pensó: “¿y si soy yo quién ayudo? ¿y si soy yo quién las busco, busco otras madres para hablar, para apoyar?. ¿y si otras madres se sienten cómo yo?

Empecé a buscarlas, empecé a llamarlas, a quedar con ellas, a encontrarlas online, a hablar de todo y de nada, a abrazarlas a algunas en vivo y a otras a través del móvil. Empecé a sentirme menos sola y menos loca, menos desamparada, más comprendida, más apoyada, empecé a sentirme mejor como madre, no porque todas lo hiciéramos igual, nada más lejos de la realidad, sino porque compartíamos sobre lo que más recientemente nos había transformado la vida.

Si, este cuento es mío, esta es mi historia, la historia de la  maternidad en soledad y de sacar provecho de ella, de crear grupos, de buscar espacios para la maternidad, para el desahogo y el empoderamiento de las mujeres y madres.

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Nos sentimos solas, responsables de al menos una criatura que nos necesita para absolutamente todo, nos sentimos salvajes, llenas de energía y a la vez sin ella, los sentimos grandes y pequeñas, arriba y abajo, nos sentimos únicas, especiales, maravillosas, milagrosas, nos sentimos atadas, juzgadas, derrotadas, felices, tranquilas, estables y un poco locas. Nos sentimos tantas cosas que cuando nos encontramos con otra madre la atacamos a preguntas, queremos identificarnos o simplemente sentirnos escuchadas.

La tribu, necesitamos la tribu, busca tu tribu. Tu grupo, créalo. Rodéate de mujeres que han sido madres como tú, con dudas y sin ellas, abrázalas, saboréalas, invítalas a disfrutar juntas, a maternar en grupo, crea un círculo de confianza, crea muchos círculos de madre. Porque las mujeres, madres, unidas, somos una.

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3 respuestas a “#12meses12madres La maternidad sin tribu

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